Hoy así de la nada se me ocurre que es una buena idea salir a comer a ese lugarcito de puro amor que descubrimos volviendo de la clase de aché. A ellas también les parece una buena idea y partimos hacia ese lugarcito de las tortas y cookies con precio en la ventana.
Llegamos de la mano de la vecina que se ubica en San Telmo y yo no sé bien donde estoy. Algo por la calle Chile y el gimnasio. El lugar es de ensueños, de mis sueños. y ahora me acuerdo que se llama Matilda´s.
Preguntamos en la barra, donde atienden lo que suponemos son una madre y su hija chef, si hay más mesas arriba y el señor que está sentado en la mesa nos avisa que ésa es la única pero que el ya se va. Está terminando su sopa servida en un plato de la abuela divino que ahora forma parte de la descolección de un mini café al paso de madre e hija en San Telmo.
Entonces nos acodamos en la barra y yo ya empiezo a enloquecer con el lugar y la comida y además lo digo en voz alta. Hay wraps de atún y tomate, pan de cerveza (negra), baggels de salmón y unas ensaladas matadoras. Las Nicoise y Tabule me hacen dudar de lo que quiero pero el queso de cabra me guía en la decisión correcta: Tabule tiene, además de lo que su nombre indica, un rico queso de cabra.
Mientras yo defino lo mío un gigante salmón al vacío es llevado al piso superior donde tienen más heladeras y con eso ya tengo en claro que encontré mi lugar en el mundo, o al menos en la República de San Telmo.
Después llega la comida a la mesa, que terminamos compartiendo con un habitué, y charlamos de las mismas cosas. Y de como casi todo parece traído de la herencia de la abuela, como la mesa hecha con las patas de una máquina de coser o las ensaladeras enlozadas, y de lo buenas que se ven las tortas. También prometemos que mañana vamos a ir a la clase porque no todo es comer, aunque yo a veces aparente que sí lo es.
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